A veces llegan a consulta personas que ya han hecho un largo recorrido. Han leído sobre trauma, han hecho terapia antes, conocen bien su historia. Muchas incluso han contado lo que les pasó una y otra vez, con la esperanza de que eso alivie el dolor. Y aunque entienden el origen de su malestar, siguen sintiendo que algo dentro no encaja, como si el cuerpo no terminara de creer lo que la mente ya ha comprendido.
Y es que muchas experiencias no se resuelven solo con palabras. Lo que vivimos queda registrado en distintos niveles de nuestro sistema nervioso. Algunas memorias se pueden contar: tienen fecha, lugar, detalles. Pero otras no. Hay recuerdos que no tienen forma de relato, que se guardan como sensaciones sueltas: una presión en el pecho, una imagen borrosa, una incomodidad difusa. Son experiencias que no pudimos procesar del todo en su momento, porque fueron demasiado intensas o porque no tuvimos los recursos para afrontarlas. Y lo que no se pudo digerir, se quedó ahí, en pausa, esperando una oportunidad para ser integrado.
Por ejemplo, he acompañado a personas que no entienden por qué se sienten mal en situaciones que en teoría deberían ser agradables. Una mujer me decía: “Cuando estoy en una cita y alguien me abraza o se acerca mucho, me tenso, como si algo dentro se cerrara”. No recordaba nada concreto, pero esa reacción venía de lejos. Otro caso: un hombre que evitaba entrar a determinadas habitaciones oscuras, sin saber muy bien por qué. Lo había normalizado como una “manía”, hasta que en sesión aparecieron imágenes sueltas de su infancia, de momentos que no había podido nombrar pero que su cuerpo recordaba perfectamente.
Lo que me encuentro muchas veces en terapia es que estas experiencias siguen vivas en el cuerpo. Aunque hayan pasado años, siguen activando una respuesta emocional muy real. La persona lo sabe: “Sé que eso ya no está ocurriendo, pero no lo siento así”. Y esa es precisamente la diferencia entre comprender y sanar. Comprender puede darnos contexto, pero para sanar necesitamos que el sistema emocional sepa que ya no estamos en peligro.
La terapia EMDR permite trabajar desde ese lugar profundo donde quedaron atrapadas esas vivencias. No hace falta tenerlo todo claro ni recordar con detalle lo que ocurrió. Trabajamos con lo que aparece hoy: una imagen, una emoción, una sensación corporal. A través de la estimulación bilateral, el cerebro empieza a hacer lo que no pudo en su momento: reorganizar esa información para que ya no se viva como una amenaza.
Y esto lo he visto pasar una y otra vez. Como esa paciente que durante meses decía que no sabía qué sentía, solo que “algo iba mal”, y un día, en medio de una sesión, conectó con una imagen olvidada de su infancia. No necesitó revivirla con dolor, solo observarla desde el presente. Con eso, su cuerpo respiró distinto. Como si por fin entendiera que eso ya pasó.
Hay experiencias que no se pueden contar con palabras. Pero eso no significa que no puedan transformarse. A veces, basta con encontrar el espacio adecuado, el ritmo justo y una presencia segura para que lo que estaba congelado empiece a moverse. Y eso, aunque no siempre se vea desde fuera, es una forma profunda de sanación.


